jueves, 29 de julio de 2010

El otro, Ariel Rotter, 2007

Ser otro para ser uno
Por Leandro Marques

Ser, a veces, puede resultar una carga demasiado pesada de sostener por uno mismo. El ser se manifiesta y se construye desde el nombre, el trabajo, la pareja, el entorno, la historia vivida. Todos estos matices, sumados entre sí, constituyen una identidad y una manera de ser; al mismo tiempo, pueden demarcar, acotar, y limitar las capacidades de expresión de una personalidad, logrando que en lugar de abrirse al mundo quede sometida y atrapada en él. En este último caso, el ser termina siendo obediente y respetuoso de lo que se espera de él, acata sus responsabilidades, repite rutinas, se abandona al personaje con el que se presentó y construyó: en síntesis, se hace prisionero de sí mismo. “El otro”, segunda película del director argentino Ariel Rotter, hace foco en una herramienta racional con la que cuenta el hombre para sobrevivir a esos momentos de asfixia, y en este sentido acompaña la huida de una persona de sí misma, justamente, explorando la posibilidad que el ser humano siempre tiene de poder convertirse en otro.

La cinta presenta a un pers
onaje, ofrece al espectador un pequeño panorama del momento que está atravesando en su vida, y gracias a la excusa de una obligación laboral, lo expulsa de Buenos Aires, su lugar de residencia, y lo lleva de viaje a un pueblo del interior ubicado a varios kilómetros de la capital porteña. En ese movimiento, el film se aleja junto a su protagonista e intenta descubrir el recorrido que este decide seguir en ese tramo particular de su vida. Juan Desouza, el personaje excluyente, necesita irse para encontrarse. En medio de una vida, la suya, que lo desborda, que le mete presión, que no lo deja respirar, encuentra la lucidez para entender qué necesita. Y para irse, tiene que rebelarse a sí mismo, a lo que es. Entonces decide no hacer lo que debería. Prolonga su viaje pese a que su trabajo estaba terminado. Y se vuelve otro. Otros. Toma nombres de otros, y en esa acción, automáticamente se libera, vuelve su vida más leve, recargada de nuevas oportunidades, vaciada de los problemas que lo atormentan.

Los horizontes de visibilidad de una persona están muchas veces acotados, naturalmente, por su punto de vista. Cómo salirse de ese lugar es la gran pregunta que plantea Rotter. Cómo renovarse y encontrar la forma de ver diferente lo que se ve siempre igual. “El otro” es un film introspectivo. Estética y narrativamente, se toma demasiado en serio ese viaje que el protagonista central decide realizar hacia su interior. El relato transcurre calmo, sin picos de intensidad, la cámara acompaña desde cerca, hace pausado y meticuloso el ritmo de sus pensamientos, de sus movimientos, de sus decisiones. Desouza, o como se llame, no puede reírse ni celebrar nada, pareciera –aunque no es así- casi no ser conciente de las razones que lo llevan a hacer lo que está haciendo, pareciera estar siendo empuja
do a eso por alguna fuerza desconocida por él. Podría ser su instinto de supervivencia. Cada uno, en un momento determinado, debe apelar a ese instinto sin que sea posible cuestionar el modo en que decide manifestarse.

La idea de viaje, de salirse de un lugar conocido y transportarse hacia otro en el que nunca an
tes se había estado, esta por siempre ligada a la cuestión de volverse anónimo. No ser nadie, no tener que responder a nadie tampoco, no conocer ni ser conocido, y todo esto combinado puede ser la oportunidad ideal para reconstruirse y repensarse. Aunque probablemente no sea imprescindible mutar de espacio físico para volverse otro. “El otro” funciona en su intención de convertirse en disparador de pensamientos. Deja bien en claro su voluntad de diálogo con el espectador a partir de sus silencios, de sus vacíos, de su sobriedad estética, de la ausencia de elementos narrativos y también visuales que busquen distraer la atención. De todos modos, su propuesta por momentos parece poco original, porque no se rebela a una línea de previsibilidad que surge como consecuencia del modo que elige para desarrollarse. Parece más sólida e interesante por la idea que le da origen que por la manera en que ésta es transformada en imágenes. Rotter pensó, escribió y dirigió esta obra, y tal vez su trabajo se destaque más por aquello que le interesaba contar que por la manera que decidió mostrarlo y desarrollarlo.

No sería posible culminar este artículo sin hacer mención alguna al trabajo realizado por Julio Chávez, protagonista exclusivo de la historia. Probablemente no exista en Argentina nadie mejor que él para desarrollar el papel que le exige “El otro”: su rostro inexpresivo e imperturbable genera siempre interrogantes y moviliza sensaciones; al mismo tiempo que abre lazos de comunicación con el espectador. Interpreta con excelencia el rol de un personaje pensado para él, que permanentemente muta pero nunca deja de ser sí mismo, que se transforma en otro para confirmarse como uno, que se vuelve otro para alcanzarse desde otra perspectiva, que viaja para volver. Que, en definitiva, decide que alejarse es la mejor manera de acercarse.

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