domingo, 12 de agosto de 2007

Vínculos o personas?

No es casualidad que me haga preguntas hoy. Hoy pienso y escribo porque no puedo ser, no puedo estar. De todos modos, al fin y al cabo todo es juego, y queda algo pendiente que me hace creer que lo que sigue puede ser divertido. Pero eso no es ahora. Ahoro pienso y escribo sobre el amor. Hoy vale todo, me siento autorizado. Así que me dejo hacer preguntas que no tienen respuesta. Me pregunto qué se ama cuando se ama (aparte de, por supuesto, a nosotros mismos en ese estado): ¿se ama a la persona o al vínculo que se construye con ella?

Juguemos.

Puedo decir entonces que conozco tres formas de manifestación del amor. Se puede amar a la persona. Se puede amar a los vínculos que se establecen con la persona. Se puede amar las dos anteriores al mismo tiempo, en la que tal vez sea la figura más acabada del amor.

Se ama a la persona cuando el sentimiento de cariño, ternura y ganas de contención son tan fuertes, tan increíblemente fuertes, que el simple encuentro, o la simple visión del otro, son capaces de producir en el cuerpo de uno tal conmoción que el alma tambalea. El problema surge cuando no pueden encontrarse vías de acceso a la vida real. Cuando se ama solamente a la persona resulta imposible construir lazos concretos que permitan materializar toda esa sensibilidad. Este amor es casi un milagro, porque lo es encontrar en el mundo a alguien que pueda despertar tanta emoción. Pero también puede ser muy frustrante, porque no poder plasmar el amor en experiencia concreta, en hechos que tomen forma de cuerpo, seguro que lo es.

Estos tiempos me encontraron amigo del amor hacia el vínculo con otra persona. Considero a este un amor noble. No hay futuro, no existen las reglas tradicionales de toda relación de pareja; sin embargo, hay un compromiso absoluto por disfrutar con el otro de ciertas actividades, que a simple vista pueden ser ordinarias, pero que con esa persona se tornan deliciosamente imperdibles. Creo que de eso estoy enamorado ahora.

Encontré hermosa, como nunca antes, la posibilidad de "bajar" el estrés y agotamiento de cada día con otro ser, que supongo, experimentaba la misma sensación de placer que yo cada final de jornada que nos encontrba juntos. No era otra cosa que un batido donde se combinaba peli + comida + chocolates + mimos + lecturas (ocasionalmente) + horizontalidad. Por supuesto que esta modalidad del amor no puede realizarse con cualquier persona, porque si no, no se trataría de amor. Sin embargo, no es la persona en si misma (aunque sea en gran parte responsable) la que despierta la atención del corazón. En este caso, el amor se focaliza en aquello que vehiculiza, en el puente que entrelaza a las dos partes. Lo mejor de este tipo de amor es que genera menos involucramiento y compromiso con el otro, en definitiva no se sufre tanto. Se tratan de dos individuos independientes entre sí que, de alguna forma, acuerda un contrato determinado de relación. Tiene bastante de dejar liberado al otro, elegirse cada día es responsabiidad de cada uno, cada día.

La peor parte, como siempre en el amor y en este mundo que nunca acaba de asumir el hecho de que las historias se terminan, es que la relación que cada uno establece con el lazo concreto que lo une al otro puede ser bien diferente, y estar motivada por razones completamente distintas, por lo cual el deterioro y rotura del vínculo se puede aparecer de imprevisto para alguna de las partes. Y el final, para el otro, puede ser bastante doloroso: es fácil dejarse envolver por una actividad que causa mucho placer, es muy complicado tener que deshacerse de ella por causas ajenas a uno.

La tercera modalidad del amor, es la ideal. No se si existe.

viernes, 10 de agosto de 2007

Cómplice de mi inestabilidad emocional

La idea para hoy era combinar responsabilidades con momentos de disfrute.

Temprano a la mañana, iba a encontrarme con mi gran amigo que vino de Barcelona para comer medialunas en un lugar donde las sirven calentitas. Luego de eso me esperaba una fila, que suponia no exageradamente larga, por tickets en el teatro para ver a Bjork. Y después, tocaba volver a casa, preparar el bolso para el gimnasio (si), más otra ropa para reuniones de laburo, cargar la musica en el mp3, y salir otra vez al mundo.

El desayuno fue increíble, por mi amigo y por las medialunas calientes exquisitas, ideales para empezar una jornada de pleno invierno.

La fila en el Gran Rex resultó peor de lo que esperaba. Pero tampoco es que llegaba a la esquina. Eran las 11 cuando llegué, y 11 y media cuando de cara al tosco vendedor me entero que las entradas, que se ponían a la venta desde hoy, ya estaban agotadas. Mucha bronca. Señores, hay que hacer algo para acabar con tanta estafa: no puede ser que la ventanilla se abra a las 10 y una hora más tarde ya no quede ni una de las butacas baratas.

Me fui enojado y sin nada de lo que fui a buscar. A partir de entonces, mi vínculo con la ciudad cambió. Seguramente mi energía ya era otra. Fui a buscar la ropa a casa, pero luego advertí que no tuve en cuenta la toalla para bañarme luego del ejercicio, por lo que chau idea de descarga y entrenamiento.

El subte tuvo una demora eterna de casi 10 minutos que continuó expandiendo el alcance de mi fastidio. Cuatro niños explotaron un globo delante de mi cara. Vislumbré un asiento y cuando me dirigí hacia él, cuando ya era mio, una persona se adelantó y lo ocupó dejándome en un evidente off side que no pude tomarme con buen humor. Encima, se desprendió el hilo de la bolsa donde llevaba las zapatillas deportivas para el gimnasio al que ya no hacía tiempo a ir. Así, una cosa tras otra. Cómo tantas cositas mínimas, acumuladas, pueden afectar tanto a mi estado de ánimo? Soy un estresado.

Transitar por la ciudad, pensaba luego, inevitablemente, siempre te pone por delante escollos de distinto tipo que hay que esquivar o absorber de alguna forma para no hacerse prisionero de ellos. No puede ser que 10 minutos más o menos tengan la habilidad de presentarse como decisivos para mi felicidad y la del planeta. Seguirle el ritmo a la ciudad, entregarse puramente a ella, implica necesariamente convertirse en blanco de una potencial inestabilidad emocional. Ahora, si no entiendo que exponer el cuerpo a la deriva de la ciudad significa hacerse blanco de posibles disgustos, si dejo que eso repercuta tanto en mi humor, no es porque sea una víctima indefensa de los males de mi alrededor: es porque permito que me suceda, es porque me vuelvo un cómplice pasivo de lo que pasa.

Mi calma y equilibrio no pueden depender del éxito de mis pequeñas misiones urbanas de cada día: de que el subte llegue a tiempo, de que pueda conseguir la entrada que buscaba, de que no me afecte la muchedumbre aplastandome en cualquier medio de transporte publico. En la ciudad predominan los imprevistos, y no aprender a convivir con ellos es signo de inmadurez urbana. Esos imprevistos, que están destinados a agotar la paciencia y el buen humor, no van a desaparecer de un soplo: mientras tanto, es necesario asumir que existen.

La estabilidad emocional es una construccion individual. Una isla interior que tiene que inventarse y hacer vivir cada uno en su interior, que sirva de refugio y contención, que se la banque lo suficiente como para no dejarse arrollar por los matices inesperados a los que nuestro cuerpo y alma deben enfrentarse cada dia. En esa isla hay que sostenerse cuando las energias no armonizan y todo, en lugar de fluir, se nos presenta y nos hace pensar que es demasiado dificil.

Creo que mi isla interior, que la tengo, no me está funcionando. El mundo paralelo al real, que es vital que exista, el de los sueños, el de la imaginacion, el que me pone como protagonista de la pelicula que quiero vivir, que me deberia dejar reposar, que me tendria que ayudar a dejar pasar lo que me molesta, atomar distancia de eso porque igual, un rato despues, todo va a estar bien de nuevo. En fin, este mundo, no esta sólido en mi, y eso me hace un ser demasiado vulnerable, demasiado susceptible, demasiado ensimismado por la fuerza del instante. Como resultado, este ser tan desequilibrado emocionalmente que soy.

Como siempre, me siento a mitad de camino...

sábado, 4 de agosto de 2007

Silencio, un tipo contento

Voy a tratar de detener mi empeño por escribir cada vez que la angustia me invade. En realidad no lo voy a hacer. Al fin y al cabo escribir cuando estoy asi es mi manera de querer protegerme, de sacar lo que me pasa, de usar la crisis para aprender algo. Al menos, escribir es una buena forma de distraerme y pensar en mi mismo como si no fuera yo, para que duela menos. No voy a tratar de detener ese empeño que me salva bastante.
En fin, el tema es que hoy estoy contento, me estoy yendo a disfrutar por la ciudad, a sacar algunas fotos, a comer rico. Cuando me divierto me siento encantadoramente poco sofisticado. Y no tengo ganas de decir nada: escribir sobre la alegria y el placer no es un don que tengan muchos.
El objetivo de estas palabras es doble. El primero, es que quiero recordarme a mi mismo que cuando estoy bien, estoy contento. Y me suele pasar a menudo. Me hace bien sentirme una persona sana, capaz de disfrutar y amar de tanto en tanto.
El segundo objetivo, que creo tiene que ver con el primero y con lo que dije antes sobre mi incapacidad de reflexionar demasiado cuando estoy bien, es un ejercicio, un juego de niños. Como no me acuerdo el truco para escribir los acentos en este sistema del blog, quiero expresar y comunicarme tan fielmente como me sea posible sin utilizar palabras que vayan con tilde. Creo que hice trampa en algunas, pero hice como si no me hubiera dado cuenta.
De todas maneras, una cosa es sencilla de comprobar e imposible de cuestionar: la vacuidad de mi alma cuando se sumerge en el dulce estado del bienestar.
Simplemente estoy en silencio, sin nada que decir.
Soy uno solo.
Es un placer.
Mejor salgo. Hay sol afuera.