Manos que devuelven ilusiones
Por Leandro Marques
“Las Manos” condensa varios atributos que caracterizaron al cine argentino durante muchos años. No es de extrañar, teniendo en cuenta esto, que un director como Alejandro Doria sea el responsable del film. El es uno de los más veteranos y tradicionales realizadores argentinos contemporáneos, claramente posicionado en un lugar estética y narrativamente diferente al de los realizadores “modernos”. De todos modos, más allá de la dudosa clasificación entre aquello que pueda catalog
arse como moderno o no, lo importante es que Doria es de esos directores que tienen una huella propia. Con su nueva película, el director de “Esperando la carroza” ratifica su estilo y su manera de entender el cine. Le guste a quien le guste.
Desde la textura de sus imágenes, que evidencia no sólo bajos recursos tecnológicos disponibles sino también pocos esfuerzos creativos para disimularlos. Hasta los diálogos, que si bien reproducen palabras de personas de casi tres décadas atrás, vehiculizan conversaciones chatas, gastadas, sin brillo. Pero por sobre todo lo dicho, el tic más notorio del film, el que más lo asimila a las viejas películas nacionales, es el modo en que usa el lenguaje cinematográfico en sí para establecer tanto las pautas de la historia que se va a contar como, fundamentalmente, la estrategia narrativa implementada a ese efecto. Carente de sorpresas, de giros imprevistos, el relato está organizado de manera lineal, gira en torno al protagonista principal de la película, y no se escapa en ningún momento de los marcos de lo esperable. Es llano pero no por eso simple, ya que sus empalagosos tintes melodramaticos entorpecen la fluidez de la historia aportando un exagerado dramatismo, que deja escaso margen para la emoción genuina.
Sin embargo, pese a esta serie de aspectos que sin dudas afectan negativamente a la calidad de la película, porque influyen tanto en su naturalidad como en la misma construcción de su verosímil, hay algo en la cinta de Doria que termina ejerciendo un control predominante. En definitiva, es preciso recordar que este largometraje obtuvo el premio Goya a la mejor película extranjera y que existen razones valederas que justifican semejante reconocimiento. Lo cierto es que entre sus imágenes palpita una fuerza invisible, que trasciende a los recursos técnicos utilizados y que produce una suerte de efecto envolvente en el espectador. Esa fuerza está vinculada al poder que irradia de la historia en sí.
La historia en sí es conmovedora y derrocha humanidad. Cuenta la
fascinante vida del Padre Mario Pantaleo, un sacerdote ítalo argentino del que se decía que sólo necesitaba deslizar sus manos por el cuerpo de las personas para sanarles su dolor. El curaba por imposición de manos. En un contexto de violencia social increciente, como lo fue la Argentina pre Dictadura Militar de 1976, el cura desplegaba su fe y sabiduría a miles de fervorosas personas que le entregaban su esperanza a cambio. Poco a poco se fue convirtiendo en un personaje conocido al que visitaban hombres y mujeres provenientes de distintos lugares del país. Todos ellos veían en el Padre la posibilidad de curar sus enfermedades, pero sobre todo, la posibilidad de volver a tener ilusiones.
Un gran acierto del guión es no quedarse con las anécdotas de curaciones, con la relación del cura y la gente, con el fanatismo y veneración que era capaz de generar. Tampoco hay bajada de línea de índole política ni religiosa: todas las conclusiones al respecto, pertenecerán al espectador. La película prefiere recortar los fragmentos de la vida del sacerdote relacionados con su lucha, con su fe, con sus enfrentamientos con la Iglesia argentina y el Vaticano. Si bien brinda la información necesaria para que el público entienda qué es lo que hacía el Padre, y cómo realizaba sus sanaciones, la cámara se sitúa en otro tiempo y espacio: elige posarse en el momento de su retiro en una ciudad lejana a la Capital, donde sus energías se depositaron en lo que fue su proyecto y gran sueño, el de poder construir su propia parroquia.
Otro factor que resulta muy favorable a las características de la historia son sus actores. Tanto Jorge Marrale –ganador de varios premios por su interpretación del Padre Mario- como Graciela Borges se lucen en sus respectivos papeles, aportándole al relato un
brillo y sensibilidad que la misma narración es incapaz de provocar. Es que en varios pasajes se puede percibir que el principal obstáculo que tiene la historia es justamente la manera en que está contada. Anticuado, carente de belleza visual, más sensiblero que sensible, poco fluido, cada aspecto vinculado directamente a las elecciones del relato pareciera resultado de una imposición de su director, cosa que tal vez sucedió por tratarse de un guión no escrito por él, algo infrecuente en su carrera. Su presencia está demasiado marcada en cada pasaje del film, lo que evidencia su incapacidad para dejar que cada pieza de la historia se acomode con armonía. Todo esto, en definitiva - porque de ninguna manera se puede poner en discusión las cualidades de Doria como realizador-, refleja una falta de conexión íntima entre director y la historia, que luce casi siempre forzada, trabada, incómoda. Sin dudas, Doria despliega en este trabajo su sabe, demuestra ser gran conocedor de su oficio: todo eso se percibe en los recortes que elige mostrar, en su capacidad para dialogar con el espectador sin imponerle un pensamiento. Y sobre todo, se luce con el recorrido fino que realiza para explorar la intensa relación entre los dos principales protagonistas, llevando hasta fuera de la pantalla la tensión sexual y permanente seducción entre dos personas que se amaron sin sexo.
Sin embargo, no logró aplicar la misma sutileza a la hora de diseñar las imágenes ni de organizar la narración. En estos ítems, hasta un gran director como Doria no consigue construir texturas ni colores ni ángulos verdaderamente atractivos. Ni tampoco puede crear magnetismo ni misterio a partir de la estructura con la que se propone contar la historia. Tal vez sea hora que el cine argentino aspire a convertirse en un producto más sólido, más atento a todos los aspectos que componen a una película, tanto lo que se refiere a su visualidad, como a la composición de los personajes, y como también a la estrategia narrativa que se utilizará para poner de manifiesto la historia.