miércoles, 28 de julio de 2010

Encarnación, Anahí Berneri, 2007

Los mejores años que ya pasaron

Por Leandro Marques


Algo oculta Ernie. Algo inocultable. Ella sabe bien lo que es, convive con eso, aunque no quiera ni tampoco pueda asumirlo. Ni en sus momentos de soledad e intimidad, ella misma frente al espejo, se anima a explicitarlo, por más que su inevitable visibilidad la desborde. Sus años de belleza y juventud, de cierta fama y consideración dentro del mundo del espectáculo, que la vieron lucirse como protagonista de varias películas de segunda clase, ya pasaron. Ernie es y vive un presente difícil: es lo que queda de sus épocas doradas. Filma comerciales de última categoría. Ernie es Encarnación.


Es imposible no realizar un paralelismo entre Ernie y Silvia Pérez, la actriz que la interpreta. Al igual que Ernie, Silvia Pérez fue una importante vedette y actriz argentina de los años 80, símbolo sexual para muchos jóvenes de esa generación, vinculada en casi todos los proyectos artísticos en cine y televisión de uno de los máximos capo cómicos del país, Alberto Olmedo. Desde hace varios años, su figura desapareció del universo televisivo y del espectáculo, quedando relegada al olvido mediático. Con este rol, tal vez, pueda encontrar la manera de responder un gran dilema para el que Ernie todavía no encuentra solución. Se trata de una pregunta sobre el espacio, sobre el lugar que ocupa cada uno, sobre la capacidad de adaptación que hay que tener para saber amoldarse a los cambios, a las modas, y sobre todo, al propio cuerpo, que indefectiblemente muta con el pasar de los años.


“Encarnación” es la segunda película de Anahí Berneri. Ernie es el diminutivo de Encarnación, y el nombre artístico con el que la protagonista cultivó su fama. Berneri, que escribió el guión junto a Sergio Wolf , Dolores Espeja y Gustavo Malajovich, se interesa en explorar la vida de su personaje central a los 50 años, cuando los flashes de las cámaras prefieren enfocar a otro lado. La realizadora se acerca con su cámara tanto como puede, registra las arrugas de su cuerpo, la textura gastada de su piel, su bronceado artificial, y la acompaña a todos lados. Ernie aparece en casi todos los planos de la película. Berneri decide hacer al espectador cómplice de este proceso de observación permanente, casi antropológico. Y en la variedad de ángulos y situaciones en que se registra a la protagonista es donde se encuentra la principal riqueza del film, y la llave para acceder al secreto rincón de su personalidad.


Con paciencia y fluidez, la estructura del relato se apoya en una atinada construcción de verosimilitud, que contribuye a poder insertarse con naturalidad en el recorrido de la historia. La cinta se detiene en los contrastes de ánimo de Ernie; en la gestualidad que pone de manifiesto cuando está sola, bien diferente a la que expresa cuando está en sociedad; en su manera de enfrentarse a un entorno que la mira con prejuicios y hasta con desprecio. Con la cámara siempre bien cerca de su rostro, de su cuerpo, el film deja percibir, por momentos, el fastidio que ella misma parece sentir consigo mismo constantemente. Tanto cuando está en soledad, cuando ella se mira y no acepta lo que los años le hicieron (es importante aclarar que se trata de una bellísima mujer de 50 y pico), como durante su presencia en público, cuando pretende mostrarse radiante y vital, las imágenes, el clima con que se construyen, dejan en evidencia algo que no se puede ver pero sí palpitar. Ernie es una persona oscura, con secretos pero simple a la vez, porque sus secretos, en definitiva, no esconden un gran misterio: son fácilmente descifrables.


Ernie vive en un pequeño departamento ubicado sobre la avenida más tradicional del espectáculo en Buenos Aires, exactamente frente a uno de los teatros donde en grandes afiches las jóvenes modelos del momento dejan lucir sus cuerpos. Frente al agobio de su decadente vida laboral, y la exasperante impotencia que le genera no saber cómo replantearse su lugar en el mundo, el guión presenta la posibilidad de un viaje. En ese escape, al pueblo que la vio nacer, Ernie encuentra un espacio donde puede volver a sentir algo de paz y descanso, dejarse ser genuina y espontánea: ese espacio es la relación con su sobrina de 15 años. Pese a que varias secuencias que comparten tía y sobrina no parecen muy logradas, a través de giros como el que propone este viaje, el guión encuentra con acierto los recursos para mostrar lo que en definitiva es una momento de renovación en la vida del personaje central. Porque no se trata de mostrar un suceso extraordinario sino de construir pequeños movimientos que pueden hacer que una vida fluctúe.


No hay moralejas ni enseñanzas banales. “Encarnación” ofrece un seguimiento minuto a minuto de una persona que esconde el terror de sentir que sus mejores momentos ya pasaron. Y que por ese sentir, no puede ver ni detectar las posibilidades de construirse nuevamente una vida con la que pueda estar satisfecha. Al final de la película, Ernie no parece haber dejado de ocultar lo inocultable. No solucionó sus conflictos. Pero está en movimiento. Ni siquiera puede advertirse que asumió la crisis que la desbordaba. Pero puede palparse que está a la búsqueda de algo que le haga bien. Si puede señalarse un aspecto positivo de “Encarnación”, es que no hay respuestas a la vista. Y que en su propuesta de diálogo, tal vez sea el propio espectador quien pueda aventurarse a completar las incertidumbres planteadas.

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