La historia de una separación puede ser una buena forma de estudiar esos caprichosos recorridos que suele dibujar el amor, cuando este se transforma en la manera de denominar un comportamiento, un sentir, que poco tiene que ver con lo primero que cualquiera podría imaginar cuando sueña cómo sería tener al lado suyo a la persona ideal. “El pasado” es, antes que otra cosa, una gran novela de un gran escritor argentino, como Alan Pauls. Es también la novela que un director argentino residente en Brasil, Héctor Babenco, encontró por casualidad en un aeropuerto, yendo de visita a su tierra, y no pudo dejar de leer, hasta que decidió hacerla película.
Babenco decide utilizar un tono distante para acompañar un periodo especial en la vida del personaje central. Recién separado de Sofía, Rímini intenta reconstruirse. Alquila –por recomendación de su ex – un departamento donde lleva un colchón, una heladera y su computadora, que es la herramienta que necesita para su trabajo de traductor. No está deprimido sino que entiende a su anterior relación como una experiencia casi adolescente que le sirvió para aprender y entender algo. Rápidamente consigue una bella pareja con quien intenta empezar a rearmar su vida. Los sucesos transcurren con fluidez, y la cámara explora, sin entrometerse demasiado, el universo que se constituye en torno a la nueva vida del traductor. Sin planos cortos, desde cerca pero no desde encima, la mirada del director permite espacio para una perspectiva que Rímini no sospecha, o mejor dicho, sospecha pero no asume: su separación, su vínculo que él piensa como adolescente, con su primera novia, aún no ha finalizado.
Una carta, un llamado, un recuerdo, una foto. La presencia de Sofía, de algún modo u otro, está siempre bien marcada. Aunque Rímini no pueda tomar conciencia de eso. Babenco utiliza la historia de su protagonista para dar lugar a otra historia, que es la que el protagonista no es capaz de visualizar. Es la historia que se sigue desarrollando, casi de manera imperceptible, cuando las cosas no se frenan a tiempo. Rímini vive una nueva vida sin haberle puesto el punto final necesario a su vida anterior. El guión adaptado realiza un trayecto claro, una búsqueda específica, y continuamente se hace preguntas, sobre el amor, sobre los modos de entenderlo, de vivirlo, de pensarlo, de dejarlo. La vida de Rímini es carne de un experimento que si por algo se fascinante, es porque no puede ofrecer garantías ni verdades absolutas.
La austeridad que caracteriza al film se refleja en la ausencia de picos de intensidad. La cinta se mantiene siempre fiel a un ritmo narrativo pausado pero cambiante. El relato es llano y transparente, no prepara grandes trucos ni giros inesperados. La estética predominante es tan sobria como el resto de los recursos estilísticos implementados. Rímini, pese a ser interpretado –correctamente- por un galán como Gael García Bernal, no deja nunca de percibirse como una persona común y corriente, abatido por momentos de manera desgarradora por un fantasma que se empecina en no hacer frente. El film en general, como consecuencia, se ofrece casi como una ventana a la realidad, sin fisuras en su verosímil, con un director decidido a no hacerse notar, a pasar desapercibido, y en ese gesto, establecer una posición definida, un punto de vista específico sobre la historia que está contando. Una historia que no es suya, que es de Alan Pauls, pero que al mismo tiempo es de todos, o por lo menos la mayoría, los que vivieron en carne propia la experiencia de vivir una historia infinita, interminable, de una separación que termina siendo una unión desunida, un dolor en común interpretado de manera diferente.
El film es correcto y sólido, entretiene sin golpes bajos ni extravagancias inverosímiles. Sin embargo, no parece animado a explorar más allá de la cuenta. Le falta una cuota de audacia y espíritu de rebeldía para decir algo más, para proponer algo más. Es de esos trabajos a los que no hay nada demasiado especifico para achacar, pero de todos modos dejan palpitar la sensación concreta de que algo dejaron incompleto. Tal vez se pueda recriminar la falta de mayores riesgos estéticos, o su imposibilidad de aquietarse y dedicarse a descubrir más profundamente a Rímini, a quebrar definitivamente esa armadura con la que enfrenta al mundo.
El criterio elegido por el guión es conocerlo a través del relato de los sucesos que padece, visto desde afuera: separación inicial; nueva convivencia con una mujer, que muere en un accidente; trabajo; otra mujer; un hijo; separación; dejadez; nuevo trabajo; nueva amante; cárcel; y así sucesivamente. En cada secuencia de su vida, una presencia se enfatiza, hasta en la más lejana ausencia: la de Sofía, y el lazo que la une a ella aún a pesar suyo. La película cíclicamente retoma la pregunta sobre el amor, y aborda ese interrogante a partir del seguimiento cronológico de la historia de una separación. Más allá de los recursos utilizados para ese fin, el film prioriza el recorrido, el trayecto realizado, y las preguntas que van quedando en el camino. Esa es la propuesta, en definitiva, de “El pasado”, una historia de Pauls, que retomó Babenco, que puede encajar en la vida de cualquier persona. Por lo tanto, lo recomendable es revisar bien, mirar a los costados, mirar para atrás, y en ese giro tratar de entender y conocerse. Si todavía hay algún fantasma dando vueltas, mejor hacerle frente.