sábado, 31 de julio de 2010

El pasado, Héctor Babenco, 2006

La historia de un fantasma que nunca se va

Por Leandro Marques


La historia de una separación puede ser una buena forma de estudiar esos caprichosos recorridos que suele dibujar el amor, cuando este se transforma en la manera de denominar un comportamiento, un sentir, que poco tiene que ver con lo primero que cualquiera podría imaginar cuando sueña cómo sería tener al lado suyo a la persona ideal. “El pasado” es, antes que otra cosa, una gran novela de un gran escritor argentino, como Alan Pauls. Es también la novela que un director argentino residente en Brasil, Héctor Babenco, encontró por casualidad en un aeropuerto, yendo de visita a su tierra, y no pudo dejar de leer, hasta que decidió hacerla película. Como suele suceder cada vez que el cine lleva a la pantalla un libro leído, la comparación resulta inevitable, pese a las diferencias notorias que existen entre un lenguaje y otro. Sin embargo, la idea es esta vez evitar las analogías. Sí es posible decir que el film respeta a los personajes, a sus nombres, y centra la mirada en Rímini, que también es el protagonista del libro; afronta sus mismos conflictos y refleja varias de las situaciones que pueden encontrarse en las extensas más de 500 páginas del texto original.

Babenco decide utilizar un tono distante para acompañar un periodo especial en la vida del personaje central. Recién separado de Sofía, Rímini intenta reconstruirse. Alquila –por recomendación de su ex – un departamento donde lleva un colchón, una heladera y su computadora, que es la herramienta que necesita para su trabajo de traductor. No está deprimido sino que entiende a su anterior relación como una experiencia casi adolescente que le sirvió para aprender y entender algo. Rápidamente consigue una bella pareja con quien intenta empezar a rearmar su vida. Los sucesos transcurren con fluidez, y la cámara explora, sin entrometerse demasiado, el universo que se constituye en torno a la nueva vida del traductor. Sin planos cortos, desde cerca pero no desde encima, la mirada del director permite espacio para una perspectiva que Rímini no sospecha, o mejor dicho, sospecha pero no asume: su separación, su vínculo que él piensa como adolescente, con su primera novia, aún no ha finalizado.


Una carta, un llamado, un recuerdo, una foto. La presencia de Sofía, de algún modo u otro, está siempre bien marcada. Aunque Rímini no pueda tomar conciencia de eso. Babenco utiliza la historia de su protagonista para dar lugar a otra historia, que es la que el protagonista no es capaz de visualizar. Es la historia que se sigue desarrollando, casi de manera imperceptible, cuando las cosas no se frenan a tiempo. Rímini vive una nueva vida sin haberle puesto el punto final necesario a su vida anterior. El guión adaptado realiza un trayecto claro, una búsqueda específica, y continuamente se hace preguntas, sobre el amor, sobre los modos de entenderlo, de vivirlo, de pensarlo, de dejarlo. La vida de Rímini es carne de un experimento que si por algo se fascinante, es porque no puede ofrecer garantías ni verdades absolutas.

La austeridad que caracteriza al film se refleja en la ausencia de picos de intensidad. La cinta se mantiene siempre fiel a un ritmo narrativo pausado pero cambiante. El relato es llano y transparente, no prepara grandes trucos ni giros inesperados. La estética predominante es tan sobria como el resto de los recursos estilísticos implementados. Rímini, pese a ser interpretado –correctamente- por un galán como Gael García Bernal, no deja nunca de percibirse como una persona común y corriente, abatido por momentos de manera desgarradora por un fantasma que se empecina en no hacer frente. El film en general, como consecuencia, se ofrece casi como una ventana a la realidad, sin fisuras en su verosímil, con un director decidido a no hacerse notar, a pasar desapercibido, y en ese gesto, establecer una posición definida, un punto de vista específico sobre la historia que está contando. Una historia que no es suya, que es de Alan Pauls, pero que al mismo tiempo es de todos, o por lo menos la mayoría, los que vivieron en carne propia la experiencia de vivir una historia infinita, interminable, de una separación que termina siendo una unión desunida, un dolor en común interpretado de manera diferente.


El film es correcto y sólido, entretiene sin golpes bajos ni extravagancias inverosímiles. Sin embargo, no parece animado a explorar más allá de la cuenta. Le falta una cuota de audacia y espíritu de rebeldía para decir algo más, para proponer algo más. Es de esos trabajos a los que no hay nada demasiado especifico para achacar, pero de todos modos dejan palpitar la sensación concreta de que algo dejaron incompleto. Tal vez se pueda recriminar la falta de mayores riesgos estéticos, o su imposibilidad de aquietarse y dedicarse a descubrir más profundamente a Rímini, a quebrar definitivamente esa armadura con la que enfrenta al mundo.


El criterio elegido por el guión es conocerlo a través del relato de los sucesos que padece, visto desde afuera: separación inicial; nueva convivencia con una mujer, que muere en un accidente; trabajo; otra mujer; un hijo; separación; dejadez; nuevo trabajo; nueva amante; cárcel; y así sucesivamente. En cada secuencia de su vida, una presencia se enfatiza, hasta en la más lejana ausencia: la de Sofía, y el lazo que la une a ella aún a pesar suyo. La película cíclicamente retoma la pregunta sobre el amor, y aborda ese interrogante a partir del seguimiento cronológico de la historia de una separación. Más allá de los recursos utilizados para ese fin, el film prioriza el recorrido, el trayecto realizado, y las preguntas que van quedando en el camino. Esa es la propuesta, en definitiva, de “El pasado”, una historia de Pauls, que retomó Babenco, que puede encajar en la vida de cualquier persona. Por lo tanto, lo recomendable es revisar bien, mirar a los costados, mirar para atrás, y en ese giro tratar de entender y conocerse. Si todavía hay algún fantasma dando vueltas, mejor hacerle frente.

viernes, 30 de julio de 2010

La antena, Esteban Sapir, 2007

Cuando el cine mudo no tiene nada de silencioso
Por Leandro Marques

La abrumadora mayoría de las películas argentinas abordan temáticas que de una manera u otra están impregnadas de “lo argentino”. Las crisis económicas, la marginalidad, la intelectualidad naif, la picardía criolla, el asado. Todos estos y algunos otras más son ejes que en mayor o menor medida afectan el recorrido narrativo de los filmes argentinos. Salvo excepciones. A mediados de los noventa una generación de jóvenes cineastas modificaron la manera de entender el cine en Argentina, demostraron que con pocos recursos y mucha creatividad el lenguaje cinematográfico podía construir un verosímil más acorde a la realidad, tanto en cuanto a la composición de los personajes como a las historias elegidas para ser contadas.”Picado Fino”, de Esteban Sapir, es una de las películas fundadoras de ese período que se conoció como “Nuevo Cine Argentino”. Tras un paréntesis de más de diez años, en los que su carrera se volcó hacia la publicidad, Sapir vuelve a la pantalla con una propuesta tan original como cargada de audacia.

“La antena” no es sólo un proyecto contado en blanco y negro, casi mudo, con una estética peculiar. A diferencia de casi todas las películas argentinas de los últimos tiempos, se trata de un largometraje que se desapega de “lo argentino” para entrometerse con “lo humano”. Sapir es un director y escritor argentino que construye una historia que también podría haber tenido su nacimiento en cualquier otro país. Se trata de un relato claramente influenciado por la poética de Fritz Lang y su idea de metrópolis, que presta especial atención a la comunicación a través de imágenes, de gestos, de guiños de cámara, de algunos sonidos que hablan más que miles de palabras. El realizador, proveniente de la fotografía, diseña una arquitectura meticulosa, en el que cada detalle luce sumamente cuidado, y cada imagen parece ser resultado de una estudiada selección estética. El resultado es un film encantador para mirar.

Más que el desarrollo de la historia y sus connotaciones (se trata del registro de una serie de personajes de una sociedad que ha perdido literalmente la capacidad del habla, de una sociedad silenciada por un régimen totalitario, en la que sólo una mujer sin rostro preserva su habla y probablemente transmita su don a su hijo sin ojos), cuyas reminiscencias son fácilmente previsibles y poco perturbadoras, el film de Sapir se construye visual y estéticamente. Menos preocupado por buscarle una vuelta de tuerca a los giros que propone la trama, el realizador enfatiza su interés en explorar, descubrir y poner en imagen todos los recursos que tiene a su alcance. En esa apuesta se encuentra la llave de su gran mérito: la búsqueda y construcción de un universo personal, atípico, contrario a toda ten
dencia audiovisual contemporánea. Al mismo tiempo, esa apuesta por un cine que explote sus capacidades como lenguaje, que trabaje la fotografía, la puesta en escena, la relación entre sonido e imagen, y el montaje como pocos directores se atreven en la actualidad, dota a la película de una agotadora pretenciosidad y ciertos aires de soberbia.

La principal fuerza de la película radica en su propuesta estética original. La potencia visual, el encadenamiento escena tras escena y la impecable fotografía construyen un relato que impacta inicialmente a partir de la destreza del director para utilizar las posibilidades que ofrece el cine como lenguaje artístico. Sin embargo, a medida que los minutos se suceden y el efecto sorpresa se disuelve, dejando descubrir ciertas debilidades del guión, la película termina perdiendo solidez. Su soberbia se evidencia en su incapacidad por edificar una propuesta de mayor horizontalidad en la comunicación con el espectador. Finalmente, el silencio de los personajes no se transforma en un llamado a la imaginación y diálogo con el espectador, sino que se vuelve, a través del uso de la música y de los letreros impresos y de la excesiva manipulación de los sucesos de la historia, en un mensaje que busca imponerse más que sugerirse. Sapir encuentra en esta película su espacio para decir algo, el lugar para expresar su punto de vista, dejar en claro sus referencias y su manera de entender el mundo. “La Antena”, si por algo más se destaca, es porque deja mucha tela para cortar. Eso de por si, ya es mucho. Y dentro de la oferta de cine argentino de los últimos años, propone algo que la distingue del resto: su desapego de “lo argentino”, su afección por lo universal. Su audacia para salirse de la media, de no recurrir al tema fácil, de proponer un relato con tiempos narrativos propios, y de entender el cine desde un sentido amplio, desde su perspectiva estética, visual y narrativa, son marcas de un film casi mudo que, en definitiva, no tiene nada de silencioso.

jueves, 29 de julio de 2010

El otro, Ariel Rotter, 2007

Ser otro para ser uno
Por Leandro Marques

Ser, a veces, puede resultar una carga demasiado pesada de sostener por uno mismo. El ser se manifiesta y se construye desde el nombre, el trabajo, la pareja, el entorno, la historia vivida. Todos estos matices, sumados entre sí, constituyen una identidad y una manera de ser; al mismo tiempo, pueden demarcar, acotar, y limitar las capacidades de expresión de una personalidad, logrando que en lugar de abrirse al mundo quede sometida y atrapada en él. En este último caso, el ser termina siendo obediente y respetuoso de lo que se espera de él, acata sus responsabilidades, repite rutinas, se abandona al personaje con el que se presentó y construyó: en síntesis, se hace prisionero de sí mismo. “El otro”, segunda película del director argentino Ariel Rotter, hace foco en una herramienta racional con la que cuenta el hombre para sobrevivir a esos momentos de asfixia, y en este sentido acompaña la huida de una persona de sí misma, justamente, explorando la posibilidad que el ser humano siempre tiene de poder convertirse en otro.

La cinta presenta a un pers
onaje, ofrece al espectador un pequeño panorama del momento que está atravesando en su vida, y gracias a la excusa de una obligación laboral, lo expulsa de Buenos Aires, su lugar de residencia, y lo lleva de viaje a un pueblo del interior ubicado a varios kilómetros de la capital porteña. En ese movimiento, el film se aleja junto a su protagonista e intenta descubrir el recorrido que este decide seguir en ese tramo particular de su vida. Juan Desouza, el personaje excluyente, necesita irse para encontrarse. En medio de una vida, la suya, que lo desborda, que le mete presión, que no lo deja respirar, encuentra la lucidez para entender qué necesita. Y para irse, tiene que rebelarse a sí mismo, a lo que es. Entonces decide no hacer lo que debería. Prolonga su viaje pese a que su trabajo estaba terminado. Y se vuelve otro. Otros. Toma nombres de otros, y en esa acción, automáticamente se libera, vuelve su vida más leve, recargada de nuevas oportunidades, vaciada de los problemas que lo atormentan.

Los horizontes de visibilidad de una persona están muchas veces acotados, naturalmente, por su punto de vista. Cómo salirse de ese lugar es la gran pregunta que plantea Rotter. Cómo renovarse y encontrar la forma de ver diferente lo que se ve siempre igual. “El otro” es un film introspectivo. Estética y narrativamente, se toma demasiado en serio ese viaje que el protagonista central decide realizar hacia su interior. El relato transcurre calmo, sin picos de intensidad, la cámara acompaña desde cerca, hace pausado y meticuloso el ritmo de sus pensamientos, de sus movimientos, de sus decisiones. Desouza, o como se llame, no puede reírse ni celebrar nada, pareciera –aunque no es así- casi no ser conciente de las razones que lo llevan a hacer lo que está haciendo, pareciera estar siendo empuja
do a eso por alguna fuerza desconocida por él. Podría ser su instinto de supervivencia. Cada uno, en un momento determinado, debe apelar a ese instinto sin que sea posible cuestionar el modo en que decide manifestarse.

La idea de viaje, de salirse de un lugar conocido y transportarse hacia otro en el que nunca an
tes se había estado, esta por siempre ligada a la cuestión de volverse anónimo. No ser nadie, no tener que responder a nadie tampoco, no conocer ni ser conocido, y todo esto combinado puede ser la oportunidad ideal para reconstruirse y repensarse. Aunque probablemente no sea imprescindible mutar de espacio físico para volverse otro. “El otro” funciona en su intención de convertirse en disparador de pensamientos. Deja bien en claro su voluntad de diálogo con el espectador a partir de sus silencios, de sus vacíos, de su sobriedad estética, de la ausencia de elementos narrativos y también visuales que busquen distraer la atención. De todos modos, su propuesta por momentos parece poco original, porque no se rebela a una línea de previsibilidad que surge como consecuencia del modo que elige para desarrollarse. Parece más sólida e interesante por la idea que le da origen que por la manera en que ésta es transformada en imágenes. Rotter pensó, escribió y dirigió esta obra, y tal vez su trabajo se destaque más por aquello que le interesaba contar que por la manera que decidió mostrarlo y desarrollarlo.

No sería posible culminar este artículo sin hacer mención alguna al trabajo realizado por Julio Chávez, protagonista exclusivo de la historia. Probablemente no exista en Argentina nadie mejor que él para desarrollar el papel que le exige “El otro”: su rostro inexpresivo e imperturbable genera siempre interrogantes y moviliza sensaciones; al mismo tiempo que abre lazos de comunicación con el espectador. Interpreta con excelencia el rol de un personaje pensado para él, que permanentemente muta pero nunca deja de ser sí mismo, que se transforma en otro para confirmarse como uno, que se vuelve otro para alcanzarse desde otra perspectiva, que viaja para volver. Que, en definitiva, decide que alejarse es la mejor manera de acercarse.

miércoles, 28 de julio de 2010

Encarnación, Anahí Berneri, 2007

Los mejores años que ya pasaron

Por Leandro Marques


Algo oculta Ernie. Algo inocultable. Ella sabe bien lo que es, convive con eso, aunque no quiera ni tampoco pueda asumirlo. Ni en sus momentos de soledad e intimidad, ella misma frente al espejo, se anima a explicitarlo, por más que su inevitable visibilidad la desborde. Sus años de belleza y juventud, de cierta fama y consideración dentro del mundo del espectáculo, que la vieron lucirse como protagonista de varias películas de segunda clase, ya pasaron. Ernie es y vive un presente difícil: es lo que queda de sus épocas doradas. Filma comerciales de última categoría. Ernie es Encarnación.


Es imposible no realizar un paralelismo entre Ernie y Silvia Pérez, la actriz que la interpreta. Al igual que Ernie, Silvia Pérez fue una importante vedette y actriz argentina de los años 80, símbolo sexual para muchos jóvenes de esa generación, vinculada en casi todos los proyectos artísticos en cine y televisión de uno de los máximos capo cómicos del país, Alberto Olmedo. Desde hace varios años, su figura desapareció del universo televisivo y del espectáculo, quedando relegada al olvido mediático. Con este rol, tal vez, pueda encontrar la manera de responder un gran dilema para el que Ernie todavía no encuentra solución. Se trata de una pregunta sobre el espacio, sobre el lugar que ocupa cada uno, sobre la capacidad de adaptación que hay que tener para saber amoldarse a los cambios, a las modas, y sobre todo, al propio cuerpo, que indefectiblemente muta con el pasar de los años.


“Encarnación” es la segunda película de Anahí Berneri. Ernie es el diminutivo de Encarnación, y el nombre artístico con el que la protagonista cultivó su fama. Berneri, que escribió el guión junto a Sergio Wolf , Dolores Espeja y Gustavo Malajovich, se interesa en explorar la vida de su personaje central a los 50 años, cuando los flashes de las cámaras prefieren enfocar a otro lado. La realizadora se acerca con su cámara tanto como puede, registra las arrugas de su cuerpo, la textura gastada de su piel, su bronceado artificial, y la acompaña a todos lados. Ernie aparece en casi todos los planos de la película. Berneri decide hacer al espectador cómplice de este proceso de observación permanente, casi antropológico. Y en la variedad de ángulos y situaciones en que se registra a la protagonista es donde se encuentra la principal riqueza del film, y la llave para acceder al secreto rincón de su personalidad.


Con paciencia y fluidez, la estructura del relato se apoya en una atinada construcción de verosimilitud, que contribuye a poder insertarse con naturalidad en el recorrido de la historia. La cinta se detiene en los contrastes de ánimo de Ernie; en la gestualidad que pone de manifiesto cuando está sola, bien diferente a la que expresa cuando está en sociedad; en su manera de enfrentarse a un entorno que la mira con prejuicios y hasta con desprecio. Con la cámara siempre bien cerca de su rostro, de su cuerpo, el film deja percibir, por momentos, el fastidio que ella misma parece sentir consigo mismo constantemente. Tanto cuando está en soledad, cuando ella se mira y no acepta lo que los años le hicieron (es importante aclarar que se trata de una bellísima mujer de 50 y pico), como durante su presencia en público, cuando pretende mostrarse radiante y vital, las imágenes, el clima con que se construyen, dejan en evidencia algo que no se puede ver pero sí palpitar. Ernie es una persona oscura, con secretos pero simple a la vez, porque sus secretos, en definitiva, no esconden un gran misterio: son fácilmente descifrables.


Ernie vive en un pequeño departamento ubicado sobre la avenida más tradicional del espectáculo en Buenos Aires, exactamente frente a uno de los teatros donde en grandes afiches las jóvenes modelos del momento dejan lucir sus cuerpos. Frente al agobio de su decadente vida laboral, y la exasperante impotencia que le genera no saber cómo replantearse su lugar en el mundo, el guión presenta la posibilidad de un viaje. En ese escape, al pueblo que la vio nacer, Ernie encuentra un espacio donde puede volver a sentir algo de paz y descanso, dejarse ser genuina y espontánea: ese espacio es la relación con su sobrina de 15 años. Pese a que varias secuencias que comparten tía y sobrina no parecen muy logradas, a través de giros como el que propone este viaje, el guión encuentra con acierto los recursos para mostrar lo que en definitiva es una momento de renovación en la vida del personaje central. Porque no se trata de mostrar un suceso extraordinario sino de construir pequeños movimientos que pueden hacer que una vida fluctúe.


No hay moralejas ni enseñanzas banales. “Encarnación” ofrece un seguimiento minuto a minuto de una persona que esconde el terror de sentir que sus mejores momentos ya pasaron. Y que por ese sentir, no puede ver ni detectar las posibilidades de construirse nuevamente una vida con la que pueda estar satisfecha. Al final de la película, Ernie no parece haber dejado de ocultar lo inocultable. No solucionó sus conflictos. Pero está en movimiento. Ni siquiera puede advertirse que asumió la crisis que la desbordaba. Pero puede palparse que está a la búsqueda de algo que le haga bien. Si puede señalarse un aspecto positivo de “Encarnación”, es que no hay respuestas a la vista. Y que en su propuesta de diálogo, tal vez sea el propio espectador quien pueda aventurarse a completar las incertidumbres planteadas.

domingo, 25 de julio de 2010

Ahora sí, cine

Hace años que no toco este blog. Pero me encontré con muchas viejas reflexiones sobre películas que me gustaron, que no me gustaron, que me dejaron indiferente. Y me encontré con tiempo. Y me encontré con ganas de volver a escribir sobre las películas que veo.
Vuelvo, vuelvo para mí. Se que nadie me extrañó. Nadie aparte de mí.
Pero todas estas películas me dijeron algo. Y lo quiero devolver.