Por Leandro Marques
La abrumadora mayoría de las películas argentinas abordan temáticas que de una manera u otra están impregnadas de “lo argentino”. Las crisis económicas, la marginalidad, la intelectualidad naif, la picardía criolla, el asado. Todos estos y algunos otras más son ejes que en mayor o menor medida afectan el recorrido narrativo de los filmes argentinos. Salvo excepciones. A mediados de los noventa una generación de jóvenes cineastas modificaron la manera de entender el cine en Argentina,
“La antena” no es sólo un proyecto contado en blanco y negro, casi mudo, con una estética peculiar. A diferencia de casi todas las películas argentinas de los últimos tiempos, se trata de un largometraje que se desapega de “lo argentino” para entrometerse con “lo humano”. Sapir es un director y escritor argentino que construye una historia que también podría haber tenido su nacimiento en cualquier otro país. Se trata de un relato claramente influenciado por la poética de Fritz Lang y su idea de metrópolis, que presta especial atención a la comunicación a través de imágenes, de gestos, de guiños de cámara, de algunos sonidos que hablan más que miles de palabras. El realizador, proveniente de la fotografía, diseña una arquitectura meticulosa, en el que cada detalle luce sumamente cuidado, y cada imagen parece ser resultado de una estudiada selección estética. El resultado es un film encantador para mirar.
Más que el desarrollo de la historia y sus connotaciones (se trata del registro de una serie de personajes de una sociedad que ha perdido literalmente la capacidad del habla, de una sociedad silenciada por un régimen totalitario, en la que sólo una mujer sin rostro preserva su habla y probablemente transmita su don a su hijo sin ojos), cuyas reminiscencias son fácilmente previsibles y poco perturbadoras, el film de Sapir se construye visual y estéticamente. Menos preocupado por buscarle una vuelta de tuerca a los giros que propone la trama, el realizador enfatiza su interés en explorar, descubrir y poner en imagen todos los recursos que tiene a su alcance. En esa apuesta se encuentra la llave de su gran mérito: la búsqueda y construcción de un universo personal, atípico, contrario a toda ten
La principal fuerza de la película radica en su propuesta estética original. La potencia visual, el encadenamiento escena tras escena y la impecable fotografía construyen un relato que impacta inicialmente a partir de la destreza del director para utilizar las posibilidades que ofrece el cine como lenguaje artístico. Sin embargo, a medida que los minutos se suceden y el efecto sorpresa se disuelve, dejando descubrir ciertas debilidades del guión, la película termina perdiendo solidez. Su soberbia se evidencia en su incapacidad por edificar una propuesta de mayor horizontalidad en la comunicación con el espectador. Finalmente, el silencio de los personajes no se transforma en un llamado a la imaginación y diálogo con el espectador, sino que se vuelve, a través del uso de la música y de los letreros impresos y de la excesiva manipulación de los sucesos de la historia, en un mensaje que busca imponerse más que sugerirse. Sapir encuentra en esta película su espacio para decir algo, el lugar para expresar su punto de vista, dejar en claro sus referencias y su manera de entender el mundo. “La Antena”, si por algo más se destaca, es porque deja mucha tela para cortar. Eso de por si, ya es mucho. Y dentro de la oferta de cine argentino de los últimos años, propone algo que la distingue del resto: su desapego de “lo argentino”, su afección por lo universal. Su audacia para salirse de la media, de no recurrir al tema fácil, de proponer un relato con tiempos narrativos propios, y de entender el cine desde un sentido amplio, desde su perspectiva estética, visual y narrativa, son marcas de un film casi mudo que, en definitiva, no tiene nada de silencioso.
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