domingo, 15 de agosto de 2010

La mirada invisible, Diego Lerman, 2010


Aquello que el vigilante no puede vigilar

Por Leandro Marques


En sus estudios sobre los mecanismos de control y disciplina que ejerce el poder para asegurar su condición, Michel Foucault emblematiza en la eficacia del panóptico el carácter disciplinario de la sociedad. El panóptico es un sistema de vigilancia pergeñado por el filósofo Jeremy Bentham para utilizar en los centros penitenciarios. No hay misterio detrás de este sistema: ubicado estratégicamente, un vigilante tiene frente a sus ojos todo lo que necesita observar para asegurar el control de los prisioneros, quienes saben que todos sus movimientos son visibles ante la mirada de su controlador.


Las escuelas, como las cárceles, son instituciones donde el poder debe asegurarse el control, el orden, la disciplina. Y es el preceptor quien encarna la figura del cuerpo, y especialmente los ojos, que deben asegurar que nadie se salga de la línea. Es él, o ella, quien debe mirar sin que lo vean, registrar cada movimiento, cada detalle, estar atento a todo lo que sucede a su alrededor. “La mirada invisible”, film de Diego Lerman, hace referencia justamente a esta forma de control con que el poder, de quien el preceptor es un emisario, se garantiza el mantenimiento del orden establecido.

De todos modos, la película es la historia de María Teresa, preceptora del tradicional colegio Nacional Buenos Aires en tiempos de la última Dictadura Militar, que dominó Argentina con violencia, secuestros ilegales, y desaparición de personas, entre 1976 y 1983. Y sobre todo, la película es el retrato de una época gris, achatada, carente de alegría.


Con el registro de la cámara en el universo del colegio, Lerman realiza un trabajo sutil y silencioso, tan invisible como el que ocupa a María Teresa, empecinada por descubrir a los estudiantes haciendo travesuras y conducirlos mansamente hacia su castigo. La cámara capta miradas, de los alumnos, de María Teresa, de sus compañeros preceptores, de su jefe, y da cuenta de un mundo reprimido, ocultado, disimulado, en donde nada es como parece, y mucho menos como se dice que es. La joven preceptora vigila, vigila, y vuelve a su casa. Incapaz de socializar con el resto del mundo, de soltarse en la vida, de permitirse el amor, ella es puro sufrimiento. Y no fuera de lógica, mientras más vigila a los demás, menos control tiene de sí misma.


El trabajo de Lerman es paciente. Construye la trama a partir de bloques de sentido que se edifican escena tras escena. Sin música, sólo con sonido ambiente. Sin colores más que los tonos opacos, amarronados del colegio y la vestimenta de su protagonista. Con planos en general fijos, y mucho uso del fuera de foco para acentuar el acento de la mirada. A través de estos recursos, el realizador configura con acierto un mundo sombrío y desolador.


Sin espacio para las sonrisas y mucho menos el amor, Marita entabla un extraño vínculo con su jefe, no sabe bien qué busca ella en esa relación, aunque sí está claro qué es lo que pretende él. En alguna charla en algún café, ella le admite que se siente muchas veces sola. Entre tanto vigilar y controlar, se encuentra seducida por uno de sus estudiantes. Se fascina por su perfume, lo busca y persigue, quiere rozarse con él, incluso hasta logra imperceptiblemente, y no sin cierta ingenuidad, tocarlo, acariciarlo. Prisionera de su rol y sus funciones, Marita engendra en su interior un ser inquieto y asfixiado, que quiere vivir pero no sabe ya cómo hacerlo. Tanto la composición del personaje como la interpretación de Julieta Zyliberberg, lucen muy cuidadas y sobresalen a lo largo de la narración.


La tercera película de Lerman, luego de “Mientras Tanto” (2006) y su destacada opera prima “Tan de Repente” (2002), marca una confirmación en la madurez del autor. Toda la trama está atravesada por una sólida dirección, y la apuesta a construir discurso a partir de lo que no se ve, de lo que no es tan explícito, es una invitación al diálogo con el espectador. Solamente el final, brusco, incluso algo torpe e inverosímil, puede desentonar con la propuesta general del film. No es suficiente para empañar una película que registra en el tono justo una época oscura, dominada hasta el extremo por la voluntad de vigilancia, control y dominación de un poder ilegal e ilegítimo, tan empecinado en cazar al otro que no sólo se quedó con la figura del panóptico foucaultiano, también creyó, desafortunadamente, que cualquier método era válido para alcanzar su objetivo.

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