Hoy me levanté muy temprano para ir a jugar al fútbol. Domingo, 9 am. Torneo de cancha de once. Muchísimo frío. Mi equipo no es de los buenos, tres jugados, dos perdidos, uno empatado. Cero goles a favor.
El entrenador da la formación antes de arrancar. Quedé como suplente. Cuánto frío en el descampado banco. Igual caía algo de sol.
En una jugada aislada y bastante afortunada, por primera vez en el campeonato, mi equipo marca un gol. Uno a cero. El rival estaba desaparecido en el campo de juego. Parecía que llegaba el primer triunfo.
Entretiempo.
Para el segundo tiempo había que tener la pelota y esperar que pasara el tiempo. Si era posible, meter un gol más para asegurar el triunfo. Supongo que por eso entré a la cancha. Para tener la pelota.
A los cinco minutos ya nos habían dado vuelta el resultado. Perdíamos dos a uno y todo nuestro equipo se descontroló. Fue buscar el empate con furia y desorden. Yo intentaba avanzar con la pelota, acercarme al arco contrario, pero carecía de fuerzas. Rápidamente mis intentos eran desarticulados por los jugadores contrarios. Volvía a intentar, ánimo ni entereza me faltaban. Pero fracasaba. Finalmente, nos metieron el 3 a 1 y terminó la historia.
Uno no se da cuenta quién es, o hasta dónde puede llegar, o qué puede hacer, si no es por los otros. Los otros saben de uno más que uno mismo, en algunas cosas. Yo sigo pensándome un joven capaz de lograrlo todo. Soy pura voluntad de poder y voluntad de felicidad.
Esta semana voy a anotarme en un gimnasio.
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