domingo, 3 de octubre de 2010

El hombre de al lado, Mariano Cohn y Gastón Duprat, 2009

El prejuicio es una cuestión de fe
Por Leandro Marques

Es una excelente metáfora de cómo funciona el prejuicio en las relaciones sociales sobre todo de clase, pero sobre todo, es una buena película de personajes punzantes que se disputan, cada uno con sus herramientas y posibilidades, un territorio físico en común dentro de la ciudad. "El hombre de al lado", dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat, con guión de éste último, es una película de permanentes contrastes que irremediablemente hacen de la tensión la atmósfera predominante a lo largo de toda la obra.

Aún cuando se sepa que se trata de un film que puede ser catalogado dentro de la amplia gama de películas sobre “vecinos” (con "El inquilino", de Roman Polansky como estandarte), y que la trama va a estar encaminada hacia un lugar de alguna manera previsible, de conflicto y tensión, los matices que presenta “El hombre de al lado” aseguran un desarrollo abierto y sin redundar abusivamente en los lugares comunes de lo que podría esperarse para esta especie de subgénero temático.

Esos matices son principalmente dos: sus personajes centrales. Leonardo, interpretado por Rafael Spregelburd, forma parte del universo más snob que puede ofrece el mundo urbano y globalizado de hoy. Es diseñador/artista: tiene prestigio, soberbia, dinero, sofisticación, y habita en una casa famosa –perteneciente a su suegro-, diseñada por el gran Le Corbusier, que funciona como referencia turística y cita obligada para todos los diseñadores y arquitectos de la ciudad de La Plata. En un notable punto a favor de la película, la trama se desarrolla casi íntegramente en esa propiedad. Por otro lado, precisamente desde la medianera, surge Víctor, de aspecto grotesco y mirada atemorizante es, naturalmente, todo lo contrario, hombre de barrio, de rasgos toscos, lenguaje popular y vestimenta groseramente colorida: él es el hombre de al lado.

Más allá de la disputa ocasional –Víctor quiere un “puñado de sol” en su departamento y para eso fabrica ilegalmente una ventana que da justo a la ventana de la casa de diseño donde vive Leonardo-, que se presenta como el condimento cómico y a la vez motorizador de la historia, la verdadera riqueza del film radica en la exploración que los directores realizan de la relación entre sus dos protagonistas. La estrategia, que consiste en resaltar sus contrastes, caricaturizar hasta el extremo los rasgos de personalidad de cada uno, también implica construir la narración desde una perspectiva de comunicación que sitúa a los personajes en lugares no fortuitos.

A la primera vista, Leonardo, con todas sus virtudes y grandísimos defectos, se sitúa como el personaje “víctima”, con el que la mayoría de los espectadores podría identificarse: él es el “normal”, no molesta a nadie, no se mete con nadie. Es sin dudas Víctor “el otro”, el que invade, el oscuro, el violento, el que se trae algo más en mente. Víctor encarna la figura amenazante, para el film, para Leonardo, para toda la sociedad. Sin embargo, sutilmente, a lo largo de toda la trama, los directores van señalando pequeños detalles que evidencian no sólo que hay algo en Víctor que seduce a Leonardo –será su apabullante transparencia?- sino que las cosas no son siempre –de hecho, casi nunca lo son- precisamente como parecieran. Víctor, que luce como un ser realmente grotesco e insoportable, también es capaz de gestos de ternura y bondad. Leonardo, tan talentoso, soberbio y temeroso como sometido al poder y dinero de su esposa, es mucho más de lo que ni él mismo sospecha de sí.

El recorrido por la trama refleja cuánto funcionan los prejuicios, los miedos, las paranoias al momento de edificar las certezas que son determinantes al momento de tomar esas decisiones y decidir aquellos comportamientos de los que no hay vuelta atrás, que marcan la diferencia entre lo que un individuo pretender ser y lo que es en verdad. En este sentido, “El hombre de al lado”, explora con fineza, sarcasmo, las miserias de las personas, propone una mirada que deja entrever que la percepción de la simpleza y literalidad es cada vez más compleja y se encuentra bajo el total control de los preconceptos. Dado que para el “normal de la gente”, el otro no se define por lo que muestra, sino por lo que oculta, la posibilidad de conocer o no alguien es una apuesta casi azarosa. Así forja su identidad el prejuicio, más como una religiosa cuestión de fe que otra cosa. Y si no, que lo diga Leonardo, quien a lo largo de todo el film prefirió elucubrar todo tipo de hipótesis respecto de lo que imaginaba que su vecino no mostraba de sí – a veces las personas son simplemente eso, lo que muestran de sí, o no tanto más-, pero terminó creyendo más en sus propias fantasías, que no eran más que sus propios miedos, y en el camino, en medio de tanto rebusque mental, perdió la capacidad de ver -más con los ojos y los sentidos que con la mente- lo que tenía que mirar. No era otra cosa que lo que tenía enfrente.

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