Daniel Burman, dentro del escenario del cine argentino, probablemente sea la figura que mejor representa el movimiento de acercamiento y profesionalización, que comenzó a solidificarse en los últimos años, entre el cine independiente y la industria. Él fue uno de los primeros de su generación –la que dio origen al “Nuevo Cine Argentino”- en pensar cómo poner en marcha las posibilidades concretas de negocio en el cine nacional: lo logró estrechando relaciones en Europa que le permitieron conseguir rutas de financiación y, fundamentalmente entendiendo que el cine, desde su mismo origen, nació como industria, como un negocio pensado para obtener réditos que le permitan mantenerse y continuarse. Un negocio algo particular, claro, porque el producto en cuestión es artístico, es una historia, es el reflejo del punto de vista y la manera de entender el mundo de su realizador. El punto intermedio, siempre frágil, subjetivo, personal, que trata de preservar el límite que distingue a una historia movilizada por un interés personal y otra que tiene la única intención de obtener un rédito económico a cambio. Ese punto, ese pequeño espacio, es la principal construcción y mérito fundamental de Burman a lo largo de su obra.
Tras un inicio de carrera marcado por su exploración en el universo de la comunidad judía asentada en la ciudad de Buenos Aires, más el prestigio obtenido por varios premios a sus filmes en distintos festivales internacionales, Burman vuelve a la cartelera con “El nido vacío”, su sexto largometraje. Este film, protagonizado por Oscar Martínez y Cecilia Roth, podría ser visto, de alguna manera, como el ingreso a una etapa de madurez en su rol de realizador. Si algo caracteriza a la película es su extrema prolijidad, un atributo que aunque no tan marcadamente, puede ser considerado ya como una marca del autor. Prolijidad tanto en el sentido estético como en el uso de la cámara, o en el desarrollo de la narración. “El nido vacío” es un film bien articulado, coherente con su estructura de verdad, con la puesta en escena, y marcado por la grisácea luminosidad de cada plano. Pero sobre todo, para bien y para mal, es un trabajo pensado milimétricamente, sin nada librado al azar.
El relato ofrece la posibilidad de apertura hacia varios puntos de vista diferentes. No impone ninguno: qué mirar, con qué historia quedarse, depende en exclusiva del espectador. Martínez encarna a Leonardo, un reconocido dramaturgo, cincuentón, casado hace más de dos décadas con su mujer –Roth-, con tres hijos. Mientras espera que su hija adolescente regrese de su salida con el novio un sábado a la noche, imagina, se pregunta, reflexiona y escribe sobre su vida actual y lo que podría a llegar a esperarle en un futuro no tan lejano. Lo que pasa entonces, no termina nunca de quedar claro si es imaginación o realidad. Y la evolución de la trama muestra que, en algún sentido, esa diferencia no es más que una decisión personal de cada protagonista, así como de cada espectador. Esta idea acerca de los límites entre ambas dimensiones (realidad, ficción), es uno de los juegos que plantea el film.
Los otros conflictos que marcan a la película tiene que ver con la visión del mundo de una persona madura, en una etapa donde encontrar nuevos estímulos para vivir, probablemente, sea el principal desafío. Muchas veces observando ciertos problemas con un tono irónico y filoso - que remite automáticamente a las películas de Woody Allen-, el largometraje se pregunta sobre el matrimonio, sobre cómo reencontrarse con el otro de la pareja una vez que los hijos se van del hogar. En definitiva, sobre las decisiones que hay que tomar para continuar con la vida. La cámara sigue a Leonardo en sus sueños, imaginaciones y realidades, que no son otra cosa que sus dudas y conflictos materializados en una serie de sucesos. Ciertos aires de angustia e insatisfacción dominan al personaje. Su mujer retomó los estudios para recibirse y se hizo de nuevos y jóvenes amigos, su yerno gana premios por un libro que él no quiere empezar a leer, y él, que pareciera no poder hallar el hilo para su propio nuevo proyecto, se enamora de su dentista.
La cinta no presenta grandes fallas. Pero aunque la prolijidad técnica es un valioso aporte y la estructura narrativa da cuenta de un trabajo pensado, cuidado y logrado, el film no moviliza grandes emociones. Transcurre de principio a fin prácticamente en el mismo tono seco y grisáceo, que es el tono, es cierto, que mejor representa la personalidad y el estado de ánimo del protagonista. En este punto, tal vez, el esmero en la construcción de una película prolija, ordenada y racional termina neutralizando la dimensión más relacionada con la inspiración, con cierta rebeldía narrativa. Además, pareciera percibirse la sombra del realizador en cada cuadro, con abundantes marcas y guiños que impiden liberar a la película y dejarla seguir un camino más natural, menos articulado desde afuera. Desde esta perspectiva, “El nido vacío” es un film denso y apagado, sin frescura. De ninguna manera esto quita méritos a Daniel Burman como director de cine, ni proyección a su carrera. Quizás sea un paso que haya tenido que dar para seguir construyendo la forma que mejor se adecue a sus intereses como hombre de la industria y artista a la vez.
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